En el marco del ciclo de actividades del IV Octubre Hispanoamericano, compartimos la intervención completa dictada por Juan Cordero Rivera durante el homenaje al Ducado de Maqueda y Marquesado de Astorga. En su discurso, el autor analiza el papel fundamental de don Gutierre de Cárdenas al servicio de la Corona castellana y de los Reyes Católicos.
Nota institucional: El texto que se reproduce a continuación corresponde íntegramente al discurso pronunciado por Juan Cordero Rivera. Las opiniones, reflexiones y valoraciones expresadas pertenecen exclusivamente a su autor, por lo que el Ateneo Social y Castrense de Sevilla no se siente necesariamente identificado ni responsable de las mismas.
(Fotografía: ABC de Sevilla)
A continuación, ofrecemos la transcripción completa de esta lección histórica.
(Texto íntegro del autor)
EL IV OCTUBRE HISPANO AMERICANO
HOMENAJE AL DUCADO DE MAQUEDA MARQUESADO DE ASTORGA
Excelentísimos Duques de Maqueda y Marqueses de Astorga Doña Pilar Paloma de Casanova-Cárdenas y Barón Don Francisco López Becerra de Solé y Martín de Vargas Excelentísimos e Ilustrísimos señores. Queridos amigos
Es un honor para mí participar en este acto. Muchas gracias a Don Jesús Lamia, Delegado de la Real Liga Naval Española y a Don Martín de Miguel Presidente del Ateneo Social y Castrense, el haber organizado este merecido acto en honor de los descendientes de personajes que han venido conformando nuestra historia a lo largo de los siglos. Porque tener un título nobiliario –y ellos han poseído una treintena- supone un conjunto de obligaciones públicas con España, con S. M. el Rey y con nuestros ciudadanos. Nuestros homenajeados dan sobradas muestras de ello.
Durante el reinado de los Reyas Católicos –y haciendo referencia al entorno de la reina Isabel- era muy popular una frase que ponía en evidencia quienes eran los verdaderos ejecutores y consejeros de la corona: “Cárdenas y el Cardenal, Chacón y Fray Mortero traen la corte al retortero”. Se referían naturalmente al gran Cardenal de España. Don Pedro González de Mendoza, arzobispo de Toledo,; a Gonzalo Chacón, contador mayor de Castilla; a fray Alonso de Burgos, el confesor de la Reina, y a quien encabeza este enunciado, Don Gutiérrez de Cárdenas, quien fue uno de los personajes más importantes de la Corte de Isabel la Católica de la que llegó a ser uno de los hombres de mayor confianza, y a quien voy a dedicar esta intervención. Un hombre que nunca pidió ni quiso título alguno, solo servir a la Corona. De ahí que el primer Duque de Maqueda recayera en su hijo Diego.
Parece que el primer Cárdenas conocido fue un Sancho López de Cárdenas que aparece citado en un documento de 1232 y que habría adoptado este apellido por ser oriundo de este lugar, cerca de Nájera.
Garci López de Cárdenas va a ser el padre del famoso Don Alonso de Cárdenas, último gran maestre de la Orden de Santiago (1475-1493), y gran colaborador de los reyes Católicos, personaje de enorme influencia en la Castilla de su tiempo, que es a quien debe el linaje toda su grandeza, porque a su sombre va a ir su familia ascendiendo socialmente, y raro es el momento en el que, a partir de entonces, no vayamos a contemplar algún Cárdenas ostentando las encomiendas de la Orden. Así, por ejemplo, a Rodrigo de Cárdenas, tío carnal del maestre, al que veremos comendador de Alpages antes de 1450. Este último señor afianzó su posición con su matrimonio con doña Teresa Chacón, hermana de Gonzalo Chacón, señor de Casarrubios y contador mayor de Castilla, y de este matrimonio va a nacer en Ocaña, hacia 1440, nuestro personaje que vino al mundo, por tanto, con dos importantes futuros padrinos: su primo hermano don Alonso, luego comendador mayor de León y gran maestre de la Orden de Santiago, y su tío materno Gonzalo Chacón, contador del Rey, que fue quien lo introdujo en la Corte.
Después de una breve etapa de Gutiérrez de Cárdenas al servicio de don Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo, el primer cargo que desempeñó en el entorno real fue el de maestresala de la infanta Isabel, la fututa Reina Católica.
Pero, poco debió durar nuestro personaje en aquel oficio, porque tenía este señor “la buena ventura –en expresión literal de Fernández de Oviedo- de gozar de buen entendimiento e gran habilidad en los negocios, con mucha lealtad e inteligencia, e no aceptaba el sueño para más de lo necesario para sustentar la vida e no perder el tiempo”.
El 5 de julio de 1468, muere el infante hermano de Isabel, para ella Alfonso XII, que estaba llamado a ser el nuevo Rey de Castila. Nunca se resaltará bastante lo que había supuesto para Isabel la muerte de su hermano Alfonso. Era su único hermano, al que tan entrañablemente estada unida desde los años infantiles. Era además su Rey, al que había reconocido como tal, desligándose abiertamente de Enrique IV.
Por lo tanto la sensación de soledad fue increíble, con diecisiete años tenía ante sí un difícil futuro. Pues estaba en una Castilla rota en mil banderías, con un poder regio que era una ruina y una España dividida en cuatro reinos que parecían irreconciliables.
A Isabel se le presentaba un dilema: o bien seguir el camino trazado por su hermano Alfonso, haciéndose proclamar Reina como su heredera que era, lo cual le ponía en guerra abierta con Enrique IV; o bien optar por la vía negociadora.
En principio, tanteó la primera posibilidad. Era la más acorde con su dignidad y con la fidelidad a la memoria de su hermano Alfonso, el que se había titulado Rey. ¿Obró así por consejo de aquellos que estaban en su entorno, como Chacón y Cárdenas? Posiblemente. De hecho sabemos que mandó cartas a las ciudades del Reino, cuando ya la grave enfermedad de su hermano hacía prever su pronta muerte, en las que se titulaba: legítima heredera e sucesora que soy del dicho señor Rey, mi hermano”.
Y en esa línea se mantuvo al principio. Cárdenas, uno de sus hombres de máxima confianza, sería el encargado de ir notificando la muerte del pretendiente junto con los derechos de Isabel al trono de Castilla, que para sus partidarios había quedado vacante, al rechazar el gobierno de Enrique IV. Resultaba evidente. Ella y nadie más que ella era la única que podía aspirar al trono: “Es notorio y manifiesto yo ser la legitima e derecha sucesora destos reinos…”
La derecha sucesora, esto es, la justa, la legítima.
Ante este panorama, Isabel toma la iniciativa. Tiene que entenderse con su hermanastro. La vía de la negociación se impone, y le escribe una carta, cuyos principales puntos conocemos por el eco que provoca en el Rey: ella nada haría en su contra. Una carta cuyo original no se conoce, pero que posiblemente, y para causar más impresión, estaría toda ella escrita de la mano de Isabel, pues de igual forma, toda autógrafa, es la que le contesta Enrique IV.
Las bases para llegar a un acuerdo firme con Enrique IV estaban puestas. Y esto sería lo que ocurriría en las vistas de Guisando. Pero había dos puntos que se dejaban sin aclarar: la suerte que correría la princesa Juana y el matrimonio de Isabel, que con sus diecisiete años tenía la edad perfecta para ello. La princesa había de vivir en la Corte, cayendo de ese modo en el antiguo cautiverio palaciego a merced de las bodas que se le impusiesen.
Por lo tanto, unos avisados cortesanos seguros de engañar a la ingenua doncella, a la “virtuosa” infanta, como la designaba Enrique IV en sus cartas. Solo que la virtuosa Isabel iba bien prevenida. A sus consejeros Chacón y Cárdenas, especialmente no se les ocultaba que el sacrificio de Enrique IV, aquel de orillar a su hija Juana era cosa demasiado fuerte para que no escondiese algún secreto motivo. Y que a Isabel se le iba a proponer algo que escondía un peligro.
Naturalmente, su futura boda. Eran conocidos los tanteos anteriores de Enrique IV con Alfonso V de Portugal en 1466. Y ahí estaría la trampa: que sin más especificar nombres ni fechas se exigiese a Isabel que accediese a casarse por la mano de Enrique IV que era a la vez su Rey y su hermano.
Y allí era donde Isabel tenía que mostrarse astuta, que su respuesta fuese bastante ambigua para dejarle las manos libres. Un sí, pero… Un sí, siempre que fuera contando con su aquiescencia. Que el Rey la reconociese como Princesa heredera. Con eso le bastaba. El resto, un futuro problemático, incluida esa boda, ya se vería.
El Rey y la Princesa escriben a la ciudad de Segovia dándole cuenta de todo lo acordado. Y firman “Yo el Rey. Yo la Princesa”. El primer gran paso para convertirse en Reina de Castilla estaba dado. Pero todavía quedaban años de vaivenes y altibajos. Y la primera cuestión; como zafarse del cautiverio al que la quería someter el marqués de Villena, llevándola a Ocaña, y cómo podía librarse del matrimonio que le tenía concertado Enrique IV con Alfonso V de Portugal, para realizar la boda que anhelaba, sabedora que solo de ese modo conseguiría aquella libertad de movimientos que harían grande su futuro reinado. Fue entonces cuando doña Isabel se alojó precisamente en la casa que en esta localidad tenía don Gutierre. Durante su estancia la Princesa organizó su casa y empezó a rodearse de un círculo de personas de confianza como Chacón y don Gutierre que iniciaba su relevante carrera cortesana al recibir la dignidad de maestresala.
Tiene que esperar la oportunidad. Y esa oportunidad le llega. El Rey ha dejado Ocaña camino de Andalucía acompañado de su privado. En Ocaña ha quedado la Princesa, medio cautiva. Con el pretexto de organizar las honras fúnebres por el aniversario de la muerte de su hermano Alfonso en Ávila donde están sus restos.
Y de este modo, Isabel se encuentra pronto fuera de la Corte prisión de Ocaña. Isabel tiene que pedir socorro al arzobispo Carrillo, ejemplo de prelado-soldado. Y Carrillo responde a su llamada y escolta a la Princesa hasta Valladolid, que era de hecho, una de las más importantes ciudades del Reino, era, pues, centro capital de la administración de justicia, esa justicia de que tanto necesitaba el Reino de Castilla, y de la que pronto Isabel se alzará como la gran defensora.
En 1469, teniendo don Gutierre de Cárdenas veintinueve años, se empieza a gestionar el enlace matrimonial de Isabel con el príncipe de Aragón, don Fernando.
Pulgar, en su crónica, nos refiere el largo discurso que don Gutierre de Cárdenas dirigió a la Princesa Isabel sobre la conveniencia de contraer matrimonio con el príncipe aragonés. Don Gutierre, muy brillantemente, le manifestó el gran interés que tenía el Reino de este matrimonio, “porque estos reynos que de derecho os pertenecen e no tienen otro legítimo heredero sino a vos, no finquen sin derecha sucesión vuestra… e porque estos reinos e señoríos juntos con ellos, puestos en un mismo señorío, eran la mayor parte de España”. Concluía que esta era la solución que a todos placía: “ a grandes, prelados, clérigos, caballeros, hidalgos y ciudadanos y que, de forma general, todos los tres estados del reino mostraban placerles el matrimonio con el príncipe de Aragón por las utilidades y conveniencias que, en él, más que en otros hallaban”.
Consecuencia de aquellas palabras fue, lógicamente, que el protagonista elegido para ir secretamente a Aragón a culminar los tratos fue precisamente Don Gutierre. En ello confluían varias condiciones, en primer lugar, ser un hombre de la total confianza de la Princesa y en segundo lugar ser un personaje poco relevante, que no levantara sospechas a los informadores del Rey, pues nadie hubiera podido imaginar que esta función de arreglar la boda de la Princesa se hubiera podido encargar a uno de sus maestresalas.
Don Gutierre se trasladó a Aragón y allí se entrevistó secretamente con don Fernando y con sus colaboradores, encargándose de redactar las cláusulas de aquel matrimonio a las que don Fernando y su entorno dieron su aprobación. La culminación de esta delicada gestión, llevada a buen término con éxito, le hizo alcanzar un gran prestigio, aparte de aumentar la confianza real que ya disfrutaba.
Don Fernando hubo de acceder a Valladolid, lugar preparado para las bodas disfrazado de arriero. El cortejo desfiló delante de la ventana donde se asomaba la Princesa, acompañada de don Gutierre que era el único de los cortesanos castellanos que conocía al príncipe aragonés. Oviedo nos cuenta que don Gutierre extendió el brazo e, señalándole con el dedo, le dijo: Señora, ese es, ése es. “E de aquí –cito textualmente a Oviedo- obieron origen aquellas eses quel comendador mayor traía por divisa e por timbre de sus armas”.
Estamos en los primeros días del mes de octubre de 1469. A poco tiene lugar la entrevista en que se conocen, por fin, los novios, y su vista no les defrauda. Pero había una dificultad, y no pequeña, los novios eran primos segundos, y tal parentesco era un impedimento que solo se podía salvar con la oportuna dispensa pontificia.
No sabemos a ciencia cierta de quien partió la audaz idea, si al arzobispo Carrillo, al astuto Fernando o a la prudente Isabel. Lo seguro es que el arzobispo leyó y los novios la escucharon y que todos los presentes se conformaron con aquella comedia. ¡Qué remedio! Porque resulta ingenuo considerar que los Príncipes estaban al margen de aquella atrevida apuesta.
¿Cómo podían ellos dar por buena una bula firmada por un Papa, Pío II, que había muerto hacía cinco años? Con Isabel y Fernando el historiador se encara con dos de las cabezas más lúcidas del Renacimiento, de lo que darían constantes pruebas a lo largo de su reinado. Ellos conocieron, sin duda, el valor de aquel documento, si no es que llegaron a exigirlo a los prelados de su entorno particularmente al arzobispo Carrillo. El fracaso en Roma no podía detenerles. Era demasiado lo que estaba en juego. Para que otro Papa reinante les perdonara su atrevimiento, para eso sí se podía esperar.
Como premio a su gestión, Isabel le dio a don Gutierre, poco después por juro de heredad, las villas de Elche y Crevillente, que le había aportado don Fernando en sus arras. Pero además le otorgó un puesto entre sus contadores mayores, junto a su tío Gonzalo Chacón.
Los honores se siguieron sucediendo, porque, por merced de su primo hermano, don Alonso de Cárdenas, elegido entonces maestre de Santiago, don Gutierre fue designado en 1475 comendador mayor de León en la misma Orden. Luego, en 1478, con motivo del nacimiento del Príncipe don Juan, la Reina le designó mayordomo mayor del Príncipe, encargándole de su educación y crianza, y le hizo también alcalde mayor de Toledo y sucesivamente alcaide de los castillos de Carmona, Almería, Chinchilla, de la Mota y de Medina del Campo. Todo ello con sustanciosos ingresos que le permitieron formar un importante patrimonio.
Con todo ello compró don Gutierre al conde de Cocentaina la villa de Aspe y en el reino de Toledo las villas de Torrijos, Maqueda y San Silvestre.
En 1475 había casado don Gutierre con doña Teresa Enríquez, interesantísimo personaje que ha pasado a la historia con el apelativo de La loca del sacramento, por su amor a la eucaristía, y que era hija natural del Almirante de Castilla, don Alonso Enríquez, y de una doncella montañesa, María de Alvarado.
De este matrimonio, tal vez tuvieran bastante que ver los reyes ya que ella era prima hermana del Rey Católico. Su fama en el ámbito cristiano se debe a que fue la impulsora en Roma de acercar la comunión a los enfermos, cosa que no se había hecho antes –ni allí ni en ninguna parte de Italia- para lo que ella obtuvo una bula del Sumo Pontífice León X.
Poco antes de morir nos cuenta la crónica que don Alonso elevó una petición al Rey e “le suplicó que le pluguiese hacer merced del Almirantazgo a su hijo mayor don Fabrique e de otras mercedes que dél tenía… E el Rey quiso de muy buena voluntad otorgar todo lo demandado”. Fue este, por tanto el paso decisivo para hacer hereditario un cargo que hasta entonces había sido de nombramiento regio y, a partir de entonces los Enríquez irán sucediéndose de hecho, unos a otros en el almirantazgo hasta su supresión por Felipe V en 1705.
El Rey Enrique IV, al volver de una cacería, en los montes del Pardo se encontró mal y se refugió en el Alcázar madrileño. Apenas si tuvo tiempo de echarse en el lecho. Ni siquiera pudo despojarse de sus atuendos de caza. Que de este modo falleció repentinamente uno de los reyes más desventurados que tuvo España. Era el 12 de diciembre de 1474.
Tras los funerales celebrados por Enrique IV, resonaría por las calles y plazas de Segovia el grito ritual, tan esperado por la Princesa: “¡Castilla, Castilla, por la Reina Isabel, y por el Rey don Fernando, su legítimo marido!”
Fernando, que había sido informado de la muerte de Enrique IV por medio de mensajeros, estando en Aragón, se puso inmediatamente en camino hacia Segovia. En Calatayud le llega la información de la proclamación de su Esposa en Segovia, con el completo ceremonial de tan solemne acto, incluido el desfile de la Reina, siendo ante dicha por Gutierre de Cárdenas, portador de la espada. O lo que es lo mismo, representando a Isabel en la plenitud de sus funciones como soberana salvaguardadora de la justicia.
Fernando, quedó perplejo cuando le llega la noticia de que la Reina, el día de su proclamación se haya hecho preceder en el desfile de un cortesano portador de la espada, símbolo de la justicia, y se lamenta ante sus consejeros:
“Quisiera –se lamenta con sus consejeros– que Alfonso de la Caballería, como jurisconsulto y tú Palencia, que vistes tantas historias, me dijeseis si hay en la antigüedad algún antecedente de una Reina que se haya hecho preceder de ese símbolo, amenaza de castigo para sus vasallos… Todos sabemos que se concedió a los Reyes; pero nunca supe de Reina que hubiese usurpado este varonil atributo…”
Y como tanto Alonso de Palencia como Alfonso de la Caballería no pudieron citarle otro caso similar, el joven monarca se maravilló una y otra vez de la insólita acción.
Don Gutierre tuvo una actuación destacada en la guerra de Granada, siendo el encargado de negociar la rendición de Málaga, realizada de forma ordenada y pacífica, pues, como afirma el cronista Palencia “no se dudaba que… don Gutierre de Cárdenas desempeñaría a satisfacción, al lado del Rey cualquier cargo que le incumbiera”.
Granada se mantenía firme aguantando el cerco. Pero tantos meses de asedio, con unos abastecimientos tan reducidos, por la vigilancia del ejército de la Reina, acabaron por hacer mella, tanto más cuanto que a lo largo de la guerra habían acudido a ella miles de moros que buscaban allí un refugio huyendo de la invasión cristiana.
Y Boabdil, comprende que ya ha llegado al límite y que le es preciso entrar en negociaciones, para que las condiciones impuestas por los vencedores no sean muy duras.
Y se fija la fecha de la entrada de los Reyes para recibir las llaves de Granada para hacerse cargo de la hermosa ciudad.
Había un problema: que la facción radical granadina provocase un alzamiento, con el consiguiente derramamiento de sangre y con unas consecuencias que podían ser desastrosas. De forma que se llega a un acuerdo de que, previamente antes de que amaneciese, un destacamento de los reyes entrase en Granada, llegase hasta la Alhambra y asegurase bien el dominio de la fortaleza frente a cualquier sorpresa.
Fue una misión que los Reyes encomendaron a Gutierre de Cárdenas.
Se trataba de entrar con el mayor sigilo en la ciudad, subir hasta la fortaleza de la Alhambra y tomar allí posesión firme de todas sus torres y murallas, tras el protocolo acto de audiencia con el mismo Boabdil.
Por lo tanto, para que la operación fuese eficaz hacía falta que la acometiese un grupo de guerreros en número suficiente para defender a continuación todo el perímetro amurallado de la Alhambra, si ocurría el caso de una sublevación contra la entrega pactada por el Emir.
Los integrantes de la expedición mandada por Gutierre de Cárdenas contaban con algunos capitanes frente a gentes de guarda, peones, espingarderos, ballesteros y lanceros.
Saliendo pasada la media noche del campamento, se infiltraron por caminos desviados para alcanzar la Alhambra cuando amanecía.
Boabdil les esperaba en la torre de Comares. Allí entregó las llaves de la fortaleza a Gutierre de Cárdenas y abandonó la Alhambra. Una vez asegurada la posesión mandó dar la señal convenida con los Reyes: disparar tres cañonazos.
La comitiva real se puso en marcha presidida por los Reyes, y el príncipe Juan, y los grandes personajes de su séquito: el Cardenal Mendoza, el marqués de Cádiz, el Maestre de Santiago y el conde de Tendilla. Llegados a cierto punto, a la vista de Granada, la comitiva se detuvo, mientras los Reyes se adelantaban para recibir al Emir. Hubo gestos cargados de simbolismo. Y entre ellos, la entrega de las llaves, en este caso de la ciudad.
Una vez conquistada Granada, los Reyes pueden prestar su atención de lleno a otras cuestiones, y una de ellas será ultimar de una vez el apoyo a la empresa de Cristóbal Colón.
Pero, cuando todo parece allanado, los Reyes se encuentran con lo inesperado: Colón no solo quiere su apoyo para aprestar las carabelas, sino que pretende los mayores honores que pensar se puedan: nada menos que los títulos de Almirante del Mar Océano, lo que le equiparaba con la más alta nobleza castellana –un Enríquez, tío de Fernando el Católico, era Almirante de Castilla– y Virrey y Gobernador General de las tierras que se descubriesen.
Y eso provoca la cólera del Rey. ¡Cómo! ¿Aquel aventurero se atrevía a ponerse –o pretender que le pusieran– a la altura de su tío, el Almirante de Castilla? ¿Cómo podía tolerar tamaño disparate?
La cólera de Fernando supuso una ruptura de las negociaciones que parecía definitiva. De modo que Colón abandonó Santa Fe.
Fernández de Oviedo cuenta que, Gutiérrez de Cárdenas se presentó a la Reina y le dijo: “…que siendo siempre Su Alteza de ánimo presto para todo negocio grave e importante, le faltase ahora para emprender otro en el cual poco se aventuraba y del que tanto servicio a Dios y exaltación de su Iglesia podía resultar. Que… él creía que más bien serían juzgados los Reyes como príncipes magnánimos y generosos por haber intentado saber las grandezas y secretos del Universo…”
Tras el razonamiento de Gutiérrez de Cárdenas, la Reina mandó un correo a escape para que encontrara a Colón y la hiciera volver a Santa Fe. Evidentemente no sin antes tantear al Rey para que olvidara su cólera contra el marino genovés y diera su asentimiento.
Por lo tanto, como estaba seguro que todo iba a quedar en nada, el rey acabó accediendo al deseo de Isabel; nada tenían que molestarse las desorbitadas exigencias de aquel loco visionario, porque solo tendrían validez si lograba hacer bueno su proyecto, y eso era una quimera.
Pero la Reina sí tenía esperanzas. El propio Colón, escribía años después: “En todos hubo incredulidad y solo la Reina mi Señora dio dello (nuestro Señor) el espíritu de inteligencia y esfuerzo grande, y le hizo de todo heredera, como cara y muy amada hija”.
¿Se dio cuenta Isabel del trascendental logro alcanzado? La gesta colombina se había cumplido. América era ya una realidad para hacer más vivos los sueños de la Europa renacentista y cristiana. Para Colón, como para Isabel y para la España de su tiempo, se trataba a todas luces de un descubrimiento prodigioso, tras una hazaña increíble.
Don Gutiérrez de Cárdenas, murió en Alcalá en 1503, un año antes que la Reina. Isabel le asistió en sus últimos momentos, actitud nada normal en la Reina, lo que demuestra la estima y apego que sentía por él. Igualmente fue asistido por el Cardenal Cisneros con quien hizo testamento. Dijo a su confesor que daba todo a la Corona Real. La Reina pasó nuevamente a verle y le dijo que renunciaba a todo lo que poseía a su favor, y que hiciera con ello lo que quisieran. A su muerte los Reyes renunciaron a todo y volvió a manos de Teresa Enríquez, su esposa.
JUAN CORDERO RIVERA
Sevilla, 20 de octubre de 2026
HECHOS DESTACADOS DE DON GUTIERRE DE CÁRDENAS
Se encargó en secreto de los trámites para la boda de Isabel con Fernando de Aragón.
Fue quien redactó las cláusulas del matrimonio que Fernando aceptó.
La Reina se alojó en su palacio de Ocaña para sentirse segura en cierto momento.
Se le nombra Mayordomo Mayor del Príncipe Juan.
La Reina le encargó que negociara las condiciones de rendición de Málaga para que se hicieran de la manera más humanitaria posible.
Isabel le concedió el privilegio de la toma de posesión en secreto, y de noche, de la Alhambra de Granada, por lo que fue el primero que entró en la ciudad tras la conquista.
Jamás pidió nada, ni siquiera título nobiliario. Fue su hijo mayor Diego de Cárdenas y Enríquez quien recibió de Carlos V, en 1529, el título de primer Duque de Maqueda.
En 1494 fue encargado de redactar los acuerdos con Portugal en el tratado de Tordesillas para repartirse las tierras a conquistar tras el descubrimiento de América.
Fue el encargado de negociar el matrimonio de Juana “La Beltraneja” con Alfonso de Portugal proponiendo la dote.
Acompaña a la Reina Isabel y a su hija Juana a Laredo para despedir a la princesa que iba a Flandes a casarse con Felipe el Hermoso.
Los Reyes Católicos le encargaron ir a recibir a Juana “La Loca” y Felipe a la frontera con Francia, como heredera del trono.
Se le autorizó para la adquisición del Estado de Maqueda, así como la villa de Torrijos perteneciente al arzobispado de Toledo, y otros dominios en el Levante.
En Alcalá, en 1503, Isabel le asistió en sus últimos momentos, actitud nada normal en la Reina, lo que demuestra la estima y apego que sentía por él. Igualmente fue asistido por el Cardenal Cisneros, con quien hizo testamento.
Con remordimientos, dijo a su confesor que daba todo a la Corona Real. La Reina pasó a verle y le dijo que renunciaba a todo lo que poseía a su favor, y que hiciere con ello lo que quisieran. A su muerte los Reyes renunciaron a todo y volvió a manos de Teresa Enríquez.
