Maher Sarabino Díaz

Otavalo, últimos bastiones del rey

Lejos de la simplificación histórica habitual, la relación entre los pueblos indígenas y la monarquía hispánica en los años previos a la independencia fue profunda y compleja. Este artículo analiza cómo comunidades como los otavalos mantuvieron su lealtad a Fernando VII no por sumisión, sino como defensa de un orden jurídico e institucional que durante siglos protegió sus tierras, autoridades y derechos comunales frente a la incertidumbre de los nuevos proyectos republicanos.

Maher Sarabino con la bandera de Castilla y León

Maher Sarabino con la bandera de Castilla y León

Sobre el autor

Maher Sarabino Díaz (Ibarra, Ecuador, 15 de julio de 1997) es un destacado autor, artista visual y analista de la etnia Kichwa Otavalo, además de licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad San Francisco de Quito.

Su línea de investigación principal se centra en la historia de los Andes, el origen del poncho otavaleño y la revalorización del legado hispánico en América. Desde una perspectiva contemporánea y crítica, su obra reinterpreta la herencia del Imperio Español, profundizando en conceptos clave como la identidad indígena, el mestizaje y la continuidad cultural en Hispanoamérica.

Como creador audiovisual, impulsa proyectos artísticos y cinematográficos centrados en la historia compartida entre los pueblos andinos y la tradición española. Asimismo, participa de manera activa en foros y espacios académicos en España, aportando una visión indígena original que busca tender puentes entre el pasado colonial y el presente de la identidad hispanoamericana.

Otavalo (Ecuador)

Otavalo (Ecuador)

Otavalo, últimos bastiones del rey.

En los años previos a las guerras de independencia en América, la relación entre los pueblos indígenas y la monarquía hispánica fue más profunda y compleja de lo que suele reconocerse. Lejos de una oposición automática al orden imperial, numerosos grupos indígenas —incluidos los de la región de Otavalo— mantuvieron una relación de lealtad hacia la Corona, representada por Fernando VII.

Esta lealtad no debe entenderse como sumisión ciega, sino como el resultado de una integración histórica dentro del mundo hispánico. Durante siglos, la monarquía española había construido un sistema en el que los pueblos indígenas eran reconocidos como comunidades con derechos específicos, incluyendo la protección de tierras comunales, la preservación de autoridades locales y el acceso a mecanismos legales. Dentro de este marco, muchos indígenas se concebían a sí mismos no como sujetos ajenos, sino como vasallos del rey, parte de una estructura política más amplia.

En este contexto, los movimientos independentistas liderados por figuras como Simón Bolívar generaron incertidumbre. Aunque proponían la emancipación política, también representaban una ruptura con un orden conocido. Para muchos pueblos indígenas, la monarquía ofrecía continuidad, mientras que los nuevos proyectos republicanos planteaban interrogantes sobre la protección de sus derechos y la estabilidad de sus comunidades.

En varias regiones de América, esta relación se tradujo en un apoyo significativo a las fuerzas realistas. Ejemplos como el de Pasto, donde líderes indígenas defendieron activamente la causa del rey, evidencian que la fidelidad a la Corona formaba parte de una cultura política arraigada. En la región de la Real Audiencia de Quito, esta tendencia también estuvo presente, aunque combinada con posturas diversas según cada comunidad.

Más que una simple elección entre “independencia” o “monarquía”, la postura indígena reflejaba una valoración del orden hispánico como un espacio de pertenencia. La monarquía no era únicamente una autoridad distante, sino un referente simbólico y jurídico que había articulado durante siglos la convivencia entre distintos pueblos bajo una misma estructura.

Con el advenimiento de las repúblicas, muchos de estos equilibrios se transformaron. En algunos casos, la desaparición de instituciones coloniales supuso la pérdida de mecanismos que habían protegido a las comunidades indígenas. Este hecho invita a reconsiderar el periodo de la monarquía no solo como una etapa de dominación, sino también como un sistema que, con todas sus limitaciones, logró integrar a diversos pueblos en una comunidad política compartida.

La participación indígena en los años previos a la independencia revela una realidad frecuentemente olvidada: la monarquía hispánica fue, para muchos pueblos, un marco de integración y reconocimiento. La lealtad de comunidades como los otavalos no fue una anomalía, sino la expresión de una relación histórica construida a lo largo de siglos. Comprender esta dimensión permite valorar con mayor profundidad el legado compartido del mundo hispánico y su compleja herencia en la formación de nuestras sociedades.

Maher Sarabino Díaz

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