Juan Cobos Arévalo relata el homenaje a los caídos de la Armada en Sevilla
El escritor e historiador Juan Cobos Arévalo asistió el pasado 3 de julio al emotivo homenaje a los caídos por España en 1898, celebrado en la Comandancia Naval de Sevilla. Como reciente incorporación del Ateneo Social y Castrense, el autor ha plasmado su experiencia en una sensible crónica.
Nacido en Villanueva de Córdoba en 1948, Juan Cobos Arévalo cuenta con una destacada trayectoria militar y literaria. Fue Oficial de la Guardia Real, sirvió en la Casa Civil y actuó como alabardero con S.M. el Rey Juan Carlos I. Además, es un prolífico escritor, autor de obras de éxito como “La vida privada de Franco” (Editorial Almuzara) y el reciente libro “Los Borbones y los Franco”.
A continuación, reproducimos íntegramente su emotivo artículo sobre el recuerdo a los héroes de Cuba, Filipinas y Puerto Rico.

Ateneístas en el homenaje a los caídos en 1898
“La Armada y el deber de la memoria”: honrar a quienes nunca regresaron
Por Juan Cobos Arévalo
Sean mis primeras palabras las de un afectuoso saludo a todos los componentes del “Ateneo Social y Castrense”, al que tengo el placer de incorporarme. Soy, por tanto, un auténtico «recluta» entre vosotros.
Precisamente por ello quiero compartir el emocionante acto al que asistí el pasado viernes en la Comandancia Naval de Marina, gracias a la amable invitation de nuestro presidente, Martín.
Faltaba poco para las doce de la mañana cuando crucé la puerta de la Comandancia. Aunque llevo ya muchos años retirado del servicio activo —si bien el espíritu militar jamás se retira—, enseguida volví a sentir ese cosquilleo, ese ardor guerrero que despierta al encontrarse en un lugar donde la Bandera de España ocupa el lugar de honor.
A la hora reglamentaria, como no podía ser de otro modo, dio comienzo un acto cuya finalidad constituye uno de los deberes más nobles que pueden cumplir las Fuerzas Armadas: rendir homenaje a quienes entregaron su vida por España.
“Homenaje a los caídos de la Armada en las campañas de 1898 en Filipinas, Cuba y Puerto Rico”.
Bajo los hermosos y majestuosos soportales de la Comandancia, formados para la ocasión, recibimos a las autoridades que presidían el acto: el Subdirector de la Torre, el Segundo Comandante, los delegados de HNME y RLNE…
No creo necesario describir lo que sentí durante el izado de la Bandera al compás del Himno Nacional. Fueron muchos años de servicio en la Guardia Real, muchas formaciones y numerosos actos castrenses. Sin embargo, he de reconocer que, después de tanto tiempo sin participar en una ceremonia militar, la emoción fue aún más intensa. Por ello quiero expresar mi sincero agradecimiento al presidente del Ateneo por haberme brindado la oportunidad de vivir nuevamente un momento tan significativo.
Tras la lectura de las efemérides históricas y las alocuciones de rigor, nos dirigimos ante la placa dedicada a los caídos. Allí resonaron, una vez más, los versos inmortales de Martín Garrido:
«Lo demandó el honor y obedecieron;
lo requirió el deber y lo acataron;
con su sangre la empresa rubricaron…»
A continuación, el solemne canto de La muerte no es el final puso el broche a uno de los momentos más emotivos de la ceremonia. Con un nudo en la garganta y otro en el corazón, me uní a su interpretación.
Si he de expresar un sentimiento muy personal, y sin que ello empañe, en absoluto, la impecable organización del acto, eché en falta la presencia de esa otra melodía inseparable de nuestra Armada: la Salve Marinera. Confío en que esta observación sea entendida únicamente como la expresión sincera de quien siente un profundo cariño y respeto por las tradiciones de la Marina Española.
Concluida la ceremonia, llegaron esos momentos de conversación distendida que tanto acercan a quienes visten o hemos vestido el uniforme. Los empleos quedan, por un instante, en un segundo plano, y las personas toman el protagonismo.
Tuve entonces el placer de intercambiar recuerdos con el comandante González-Aller:
—Yo estuve a las órdenes de un González-Aller…
—Sí, claro; era mi tío.
—También conocí a…
—Claro, fue Ayudante de Campo de…
En definitiva, compartimos esas «batallitas» que tanto significan para quienes hemos servido bajo la misma Bandera.
Pero, por encima de todo, me gustaría destacar el verdadero sentido de este homenaje. Actos como este no son una simple ceremonia del calendario militar. Son un acto de justicia y de gratitud hacia quienes cumplieron con su deber hasta las últimas consecuencias. Son la forma de mantener viva la memoria de aquellos marinos que, en Filipinas, Cuba y Puerto Rico, sirvieron a España con honor y sacrificio.
Quizá nuestros jóvenes deberían conocer mejor esta realidad. Deberían aprender que detrás de cada uniforme, hay disciplina cuando el deber lo exige, compañerismo en todo momento y, llegado el caso, una entrega sin reservas al servicio de España. Tal vez entonces mirarían nuestras Fuerzas Armadas con una comprensión y un respeto aún mayores.
Porque un pueblo que honra a sus héroes es un pueblo que conserva viva su propia historia.
Recibid un cordial saludo.
Juan Cobos Arévalo
Mairena del Aljarafe, 4 de julio de 2026
